:espantajería

domingo 15 de noviembre de 2009

:Living on the Far Side

Conocí la obra de Gary Larson (Tacoma, 1950), me imagino que como muchos otros compatriotas de mi generación, a través de una selección que de su The Far Side hicieron los de El Víbora; una paginita de vez en cuando, pero lo suficiente para evidenciar que estábamos ante uno de los grades del humor gráfico de nuestro tiempo, heredero de esa vertiente incómoda que sublimó Charles Adams (post pendiente, lo prometo). Parafraseando a Breton, el humor ha de ser convulso o no ser. Y con Larson, joder si lo es.
Poseedor de un universo particularísimo, donde todo es susceptible de ser antropomorfizado (no sólo los animales, en el Far Side hasta un sacacorchos tiene vida, cuñado y una idiosincrasia inesperadamente compleja), y poblado de seres frágiles que viven en la cuerda floja: viven disimulando sus propias debilidades con la mayor dignidad posible.
Las escenas de Larson nos enfrentan a sentimientos contradictorios: por un lado, esos pequeños dramas de barrio residencial nos hacen gracia porque dejan al aire nuestros mecanismos de comportamiento (nos dejan con el culo al aire, vaya); pero por otro lado resultan casi aterradores, ya que nos muestran que todo es transitorio y mucho menos trascendental de lo que creemos; de hecho, somos unos seres insignificantes destinados a convertirnos en fósiles, en curiosidades arqueológicas; Larson nos advierte: las vacas son el cenit de la evolución, no los humanos.
Les dejo aquí una brevísima selección hecha casi casi al azar de uno de sus tomos recopilatorios. Que conste que no es especialmente brillante (uno de estos días le meteré mano a mis Víboras y les colgaré otra más enjundiosa). Perdonen la calidad del escaneado, pero es la primera vez que me enfrento a este aparato demoníaco. La tipografía es también un desastre, pero sólo tenía a mano el Paint. Obviando estos detalles técnicos, que ustedes lo disfruten.



jueves 12 de noviembre de 2009

:películas iguales.

1. Acerca de Lost Highway, Andrés Hispano apuntaba en su magnífico libro sobre David Lynch (“David Lynch, claroscuro americano”), un dato que ilumina una de las múltiples facetas de esa inabarcable película, aportando una (otra) posible interpretación; y digo posible porque esta película, como el grueso del corpus lynchiano, bordea la abstracción, se resiste terca a cualquier teoría formal que la englobe en su totalidad.
Hispano recordaba un episodio de Twilight Zone, An Ocurrence at Owl Creek Bridge (Suceso en el puente sobre el río Owl), basado en un relato de Ambrose Bierce. La historia, ambientada en la Guerra de Secesión, comienza cuando un joven confederado es condenado a muerte por espionaje. Cuando lo ahorcan sobre el puente que da título al episodio, la cuerda se rompe en el momento de tensarse y él cae al río. Sin otra idea en mente que la de volver junto a su familia, el joven huye durante todo el episodio hasta que llega al porche de su casa. Allí, justo cuando ve a su esposa, oye el chasquido de su propio cuello rompiéndose. Efectivamente, todo el episodio no ha sido más que la ensoñación que la mente del protagonista ha construido en esa fracción infinitesimal de segundo en que su vida expiraba.
Andrés Hispano superpone esta plantilla sobre Lost Highway, ofreciendo sorprendentes resultados: ¿Y si, en la obra de Lynch, la metamorfosis del protagonista no es más que una fantasía escapista en ese último instante antes de que la silla eléctrica le fría el cerebro? (Eso explicaría las caídas de tensión eléctrica durante las transformaciones).
Si la entendemos así, resulta quizás más terrorífica que la historia de Bierce: mientras en el relato realidad y ensoñación discurren por caminos perpendiculares (se cortan en un punto, pero siguen trayectorias divergentes), en la obra de Lynch esa Carretera Perdida del título, ese purgatorio que sólo habita la mente desquiciada del protagonista, se superpone a la realidad objetiva (si tal cosa existe) haciendo imposible distinguirlas: realidad y locura son lo mismo. Por encima de “el mito de la incomprensibilidad", Lost Highway nos muestra la realidad a través de un filtro distorsionado: la mente de “el otro”, llevado hasta sus últimas consecuencias, sin medias tintas ni concesiones. En la obra de Bierce la muerte aparece como un mazazo, truncando toda esperanza con un final negrísimo y pesimista; en Lynch, el infierno es un bucle eterno en el que el protagonista no hace más que escapar.

2. Es de sobras conocido el modus operandi hollywoodiense de estrenar las películas de dos en dos. Si esta temporada toca Meteorito contra la tierra, pues dos; si toca Western crepuscular, pues dos; si Volcán en erupción, pues etc. Eso es lo que pasa cuando se hacen películas para rellenar metros cuadrados de marquesina (o de estantería de videoclub).
A priori no parece tan común encontrarse con tres películas iguales (por iguales entiéndase: variaciones de un mismo argumento, de una misma intención, de unas mismas reglas, de una misma atmósfera, de un mismo tema) separadas por cinco años: El despertar (2003), Tránsito (2005) y Passengers (2008).
Tres producciones, más o menos costosas, con sus circunstancias y particularidades, para contarnos tres veces las misma historia: una variante literal del relato de Ambrose Bierce. Pero, mientras en el caso del relato breve o del episodio de Twilight Zone (25 minutos de metraje) la cosa se sostiene y el final sorprende, en un largometraje uno acaba con la sensación de que le han tomado un poco el pelo. La cosa funciona si la estructura es la de una fuga musical, pero no si es la de una ópera: un corpus demasiado complejo y elaborado que sólo sirve para evidenciar su propia falta de rigor interno. El final, superada la “sorpresa”, sólo sirve para airear la incoherencia y falsedad del conjunto.
En otras palabras: los sueños, incluso los de Jerry Bruckheimer, no tienen la estructura de un blockbuster.
Más o menos en tercero de EGB comprendes que terminar una historia con “y todo era un sueño” no es una genialidad, sino un lugar común. Hay que tener mucho talento, o mucha mala leche, para terminar así una historia y que el espectador no se sienta timado.
Bierce, a parte de que este final en el siglo XIX aún podía resultar sorprendente y novedoso, lo hace con la sequedad y contundencia de un hachazo de verdugo. Lynch, si de verdad nos está contando esta historia, lo hace dándole una vuelta de tuerca: no nos descubre que al final todo es un sueño... simplemente porque no hay final. Bierce nos habla desde una perspectiva social, desde la misantropía; Lynch nos habla desde una perspectiva psicológica. Bierce, como Sartre, nos dice que el infierno son los demás; para Lynch, el infierno está dentro de nosotros.

3. ¿Qué sentido tiene que haya dos (o tres, o cuatro...) películas iguales? Sólo uno: pecuniario. Se crea una dicotomía que funciona como simulacro de libre albedrío: más donde elegir, aunque siempre sea lo mismo. No hay ningún ingrediente secreto que haga que la Coca-Cola sea mejor que la Pepsi. El secreto está bien a la vista: la etiqueta roja frente a la etiqueta azul.
Intercambien a los actores de El despertar, Tránsito y Passengers; intercambien los decorados, y verán que son la misma película con distintas carátulas.
Lynch, como el vino, no puede reproducirse industrialmente. Por eso no hay fábricas de vino, ni películas de Lynch de dos en dos. Porque no hay ninguna película igual a una de Lynch; ni siquiera otra de Lynch.

domingo 8 de noviembre de 2009

:Nacho y Miguel

1. Con Nacho Vigalondo me pasa un poco lo que a Ned Flanders:
“Me encantan las películas de Woody Allen, menos por ese odioso personajillo que sale en todas ellas.”
Como actor, lo reconozco, Nacho me resulta ligeramente irritante; pero como creador, como cronista, como “pensador” (con perdón), me parece un tipo valiente, talentoso y agudo. Parece buscar una parcela propia sin que parezca desesperado por ser original. No parece querer ser el Charlie Kaufman español, para entendernos.
Su carrera mediática es de lo más marciana: de los tres en un burro a la ceremonia de los Oscar, y tiro por que me toca. Por el medio, y antes y después, mucha obra interesante, muchas buenas compañías, mucho movimiento: como cerebro parece obsesionado por salir movido en la foto; como rostro, no para de chupar plano.
Una perla aquí.
2. Películas imperfectas: hace unos años, en una clase de Diálogo de David Muñoz, no sé muy bien a cuento de qué, se empezó a hablar de Donnie Darko, film que yo desconocía. A David se le iluminó la mirada cuando oyó esos dos vocablos: le parecía una película grandiosa, enorme, apasionante... aunque imperfecta. Y su grandeza, matizaba, quizás residiese precisamente en su imperfección. Comprendí a qué se refería cuando la vi unos días después.
El primer largometraje de Vigalondo, los Cronocrímenes, en su escala es también una película imperfecta, un artefacto hecho de jirones y de impulsos, una superficie porosa que respira y deja pasar la luz; lejos de los inanes mármoles “perfectos” de Amenábar y sucedáneos (sucedáneo de sucedáneo, que triste signo). Mejor nos iría en este país (como espectadores; los productores opinarán distinto) con más películas imperfectas.
3. Curioseando por el blog de Nacho me encontré con unos videos de un tal Miguel Noguera.
Su cara ya me sonaba de un video de los Venga Monjas que precisamente ya había colgado por aquí. Si en aquella píldora ya me había dejado desconcertado, en estas dos horas de Ultrashow el viaje mental al que le somete a uno como espectador va del delirio al miedito sin solución de continuidad. Por los comentarios que deja la peña al final del post, uno deduce que la mayoría no lo pilla (esto es como en los viejos comix de Mr. Natural: o lo pillas o no lo pillas).
Mi conclusión es que el humor, el verdadero humor, el humor realmente valioso y perdurable, está muy próximo al terror en cuanto a pretensiones y resultados: ambos cuestionan los límites de lo asumible, ambos tensan los márgenes de lo que, como sociedad, podemos admitir.
Lejos de imposturas intelectuales y de maniqueísmos técnicos, lo de Miguel Noguera asusta porque nos pone en evidencia.

viernes 6 de noviembre de 2009

:el círculo [1 de 2]

Llaman a la puerta cuando ya estoy remangado para fregar los cacharros. Es un tipo trajeado, con una carpeta de piel con cremallera, una carpeta de viajante. Tiene la tez grisácea con irisaciones verdes y azules: tiene una cara como una mancha de gasolina en un charco de agua. Antes de que pueda mediar palabra me saca una revista de Círculo de Lectores y me explica, desde una mirada que está a años luz de mi descansillo, que tienen una oferta y van a repartir la revista de forma gratuita en mi edificio durante dos años. Esa es la primera buena noticia; la primera de muchas.
Me habla como si fuéramos compadres de toda la vida, y a mí se me acaba pegando el tono íntimo y sólo hay un detalle que me impida darle un cachete cariñoso en el hombro: que la revista esté ajada por el uso.
Centra su discurso, sobre todo, en los libros, en los nombres que aparece encima del título, y en el material con el que están construidos: best-sellers con tapa de cartoné y sobrecubierta. Esas palabras, cartoné y sobrecubierta, en su boca suenan cándidas y fuera de lugar, como un niño de cuatro años hablando de pagarés al portador. En definitiva, su discurso automático me hace sentir snob y decido seguirle el juego sin darme todavía cuenta de que el palo con la zanahoria lo sujeta él. ¿Qué zanahoria?, me pregunto. Ven, a eso me refería.
Conozco el Círculo de Lectores, sí, desde mis tiempos del Ku Klux Klan y convivencias parroquiales. Los domingos después de misa dábamos de comer a retrasados mentales que vivían en un centro para retrasados mentales a las afueras de la ciudad, adonde la gente decente sólo se aventura cuando es estrictamente necesario (para comprar muebles de cocina, para acostarse con prostitutas...). Aunque durante la semana comían a las dos, el domingo tenían que amoldarse a nuestro horario de niños bien y comer a la una. Total, no se enteran, le oí decir una vez a una de las monjas. Y lo dijo en voz alta, delante de una mesa llena de mongólicos profundos, de casos de hidrocefalia tan acusados que te daban ganas de llorar, delante de retrasados tan extremos, tan alejados de su entorno físico, que tenías que darles bofetadas para que abriesen la boca y así meterles la cuchara con la comida.
Todo esto no se lo explico, me quedo en el “sí”. Se ofrece a entrar para cubrir un formulario, un engorroso requisito sin la menor importancia, por otro lado. Hago pasar a su estela mientras él ya está barriendo unas migas de la mesa del comedor.
Cubierto el formulario, llegamos al punto de inflexión, al truco que éste prestidigitador ambulante venía intentando colarme desde que pulsó el botón 3 del ascensor. Tengo que elegir un libro de bienvenida, un libro que me llegará en el primer pedido por el módico precio de 12,95.

Aquí hago un inciso (si fuese un buen narrador, esta subtrama estaría perfectamente hilvanada con la principal y no sería este pegote que parece que me he inventado sobre la marcha. Yo soy más del XIX, pero siempre me sale esta mierda años veinte): con mi trabajo sedentario de oficina y de probador de magdalenas a media jornada para redondear el sueldo, últimamente había cogido unos kilitos de más. Concretamente 28. Un representante con una carpeta de piel con cremallera de un centro de estética y belleza se pasa por nuestra oficina para hablarnos de unas ofertas. La última novedad: Liposucciones Inteligentes.
En vez de hacer cestas de jabones para bodas y comuniones con la grasa que te quitan, moldean un pequeño homúnculo al que recubren con una capa de tu propia piel que previamente te han exfoliado (todo incluido en el precio), y al que le implantan una pequeña parte de tu cerebro que no uses con asiduidad; en mi caso, que caí en la oferta, la parte del cerebro encargada de las divisiones con decimales y la de la orientación con los ojos cerrados. El resultado es un doppelganger a escala, un gemelo blando y sonrosado, con olor a nuevo, como si lo acabases de sacar del blister, y que es un hacha jugando a la gallinita ciega. Si sigues las indicaciones en cuanto a alimentación, a las pocas semanas alcanza tu estatura y complexión, nunca más.
Así que, una vez curados los puntos y todavía con una faja ortopédica que hace que respirar parezca una película nueva de Indiana Jones, me veo con este embolado en casa, este “yo” sentado todo el día en el sofá mirando al gotelé. Cuando pedimos pizzas nos es de gran utilidad para saber cuánto tiene que poner cada uno, pero por lo demás, es un engorro. Así que, paradojas, me veo obligado a gastar mi sobresueldo en alquilar un piso para que el muy inútil se mude. Concretamente, alquilo el piso inmediatamente superior al mío. Fin del inciso.

martes 3 de noviembre de 2009

:bootleg series [I]

Os damos aquí la bienvenida, amatísimos lectores, a una nueva y efímera sección de este blog río, otra de esas secciones que, como las ganas de trabajar, tan pronto vienen como se van, tan pronto nacen cual prístinos y cristalinos chorros alpinos, como mueren enfangados en uno de esos meandros en que se bifurca la vida, esa gran puta. Ejem.
Lo primero, no se pierdan la nueva temporada (la tercera ya) de las Reflexiones de Repronto. Cierto es que unas clases de dicción no le vendrían nada mal, y si quisiera triunfar en Cuatro tendría que arreglarse los dientes, pero es uno de los tipos más lúcidos e inteligentes que flotan por la blogosfera.
La temporada empezó potente, pero es en este segundo capítulo (el 26 del total) donde de repronto me he acojonado porque, como ya es habitual en esta serie, me he sentido más retratado de lo deseable por las ideas expuestas por el señor Minchinela y su Equipo-A.
Si le tienen un mínimo de estima a este su fiel servidor, o a su cerebro (de ustedes), no se lo pierdan.
Simón dice: pinchar aquí.

Hablando de cerebros y de tipos inteligentes y lúcidos, aquí les dejo una cita del maestro Jordi Costa (¿he oído aplausos?), extraído de ese manantial de sabiduría esquinada con forma de libro titulado ¡Vida mostrenca! (las exclamaciones no son mías, aunque lo podrían ser); recopilatorio de sus artículos para El País fechados en torno al último cambio de milenio, es de lectura obligatoria para este trimestre en Educación para la ciudadanía. Que lo sepan.
"El sampler, que es algo así como el equivalente sonoro a la cita textual, tiene tras de sí un lardo pasado que precede a su propia existencia como recurso expresivo dentro del ámbito de la música electrónica. De hecho, como bien sabían James Joyce y Dennis Potter, nuestro cerebro lleva “sampleando” desde tiempo inmemorial esos retazos de memoria sonora que, ante cualquier estímulo, nos llevan a sublimar, relativizar o, simplemente, acompañar las emociones que nos provoca cualquier experiencia del mundo físico. No hay que llevarse a engaño: muy rara vez somos capaces de alumbrar una idea elevada e inédita bajo las bóvedas de nuestros cráneos. Es mucho más frecuente que nuestro íntimo proceso mental para descifrar el mundo que nos rodea consista en una desordenada sucesión de chorradas: coletillas de humorista televisivo, jingles radiofónicos, el último chiste guarro que nos hayan contado, algún ripio chusco o la más atormentante canción del verano. Desde que sabemos que el pensamiento es –simple y llanamente- lenguaje, no tiene demasiado sentido que digamos auto-engañándonos con inexistentes elevaciones del espíritu: lo que se nos pasa por la cabeza es una papilla mental elaborada básicamente con materiales ajenos y cuya composición es primordialmente... ¡chorra! Pero tampoco hay que deprimirse, porque ahí reside la grandeza del ser humano: en llegar adonde ha llegado teniendo el cerebro que tiene."

Primero nos quitaron las cabinas de teléfonos y las sustituyeron por esa especie de secadores de peluquería.
Y ahora se nos ha ido don José Luis López Vázquez (¿he oído una ovación?). Alguien parece empeñado en que nuestras vidas sean más tristes y aburridas, y lo está consiguiendo, vive Dios.

jueves 29 de octubre de 2009

:rayos-x

Los rayos-x son los rayos por antonomasia, junto con los láser, que nos han acompañado toda nuestra vida simbolizando un futuro de tecnología hiper-avanzada que no acaba de llegar. Es como si nuestra intuición nos dijese que no le estamos sacando todo el provecho a estos artilugios.
Vemos y leemos historias de robots, de androides, de replicantes que compiten en inteligencia y en apariencia con los humanos y claro, nos hacemos ilusiones.
Y sin embargo, ¿qué son los robots en el mundo real? Una noticia de cierre de telediario, un artilugio blanco hecho por japoneses que anda (oooh) y sube escaleras (aaaaah). ¿Cuántos años llevamos enquistados en eso? ¿Para cuándo un robot que después de subir las escaleras entre en la alcoba de su dueño y lo asesine a sangre fría para usurpar su puesto?

Del mismo modo, que los rayos láser nos sirvan para realizar precisas intervenciones quirúrgicas de córnea, o leer códigos de barras, no parece suficiente: queremos espadas láser, queremos Estrellas de la Muerte.
Y qué decir de los rayos-x, que nos han acompañado desde nuestras primeras visitas al pediatra corroborando diagnósticos. Había cierto misterio en esos mandiles de plomo y en tener que quitarte la medallita del Niño Jesús pero... ¿es suficiente? No. Queremos... queremos ver a la peña desnuda.
Igual que la queríamos ver hace años.


Y sin embargo, que destrempante, que prosaica, que pragmática, que fea, que antigua es la realidad. El futuro que esperamos va mutando en su superficie, pero básicamente es el mismo de siempre. Un futuro de Space Opera que más tiene que ver con nuestro pasado que con nuestro futuro, que más parece replegarse hacia nuestros deseos ancestrales que avanzar en la dirección que la tecnología de vanguardia parece apuntar. Se siente.

martes 27 de octubre de 2009

:naves espaciales

Hace años: siendo niños, mis vecinos y yo nos instalábamos en mi terraza entre una compleja maraña de sillas de playa, aparatos eléctricos destripados y taburetes con apliques de plastilina que, en nuestra ingenua e imitativa mente infantil, se aproximaba bastante al concepto “interior de nave espacial”.
Star Wars, (la primera) Galáctica, Ulises 31, Buck Rogers... eran nuestros referentes. Los anclajes narrativos de nuestra épica eran sencillos: formábamos parte de una facción humana bondadosa que se enfrentaba en cruenta y eterna batalla contra una facción humana malvada. Todo era sencillo entonces, antes de que nos atacaran pensamientos impuros e incómodos, como que los indios quizás fuesen los buenos, o que los vietnamitas quizás tuviesen razón.
Las bandadas de palomas de un vecino, que volaban cíclicamente siguiendo una ruta fija, encarnaban a los escuadrones de naves enemigas. El vecino golpeaba el tejado del palomar con un palo al que había atado una bolsa en un extremo, y las palomas despegaban. Ese golpeteo rítmico del palo contra la uralita era la señal de alarma en nuestra nave, la que nos hacía abandonar nuestros quehaceres rutinarios y lanzarnos a nuestros puestos de combate con profesional diligencia: el piloto, el copiloto, el cañonero y el de la radio (el equivalente en guerra interestelar al portero en una pachanga de fútbol).

Hoy: nos hemos instalado, la Profesora Espantajera y un servidor, en un piso sobre un centro comercial. La mitad de las ventanas dan a una plaza cerrada, la otra mitad, al susodicho centro comercial, recubierto con una estructura de cristal y acero. Mirando por estas ventanas al no-exterior uno tiene la sensación (uno que haya visto y leído mucha ciencia ficción, supongo) de que vive en el interior de una inmensa nave espacial que viaja hacia un lugar remoto del universo en el que los humanos podrán repoblar un planeta acorde a sus necesidades, una vez que la Tierra se ha ido al garete debido a nuestro abuso o a un colapso solar, lo que ocurra primero. Esta historia ya nos la conocemos; pero lejos de ser una nave con una marcada estructura político-militar que mantenga los estamentos sociales férreamente jerarquizados, esta nave es, ya lo he dicho, un centro comercial, con sus restaurantes de comida rápida, sus multicines, sus tiendas de Inditex y su hipermercado Alcampo.

No me cabe duda de que si la humanidad realiza en el futuro un éxodo interestelar de varias años luz, las generaciones que nazcan, vivan y mueran dentro de esa nave lo harán en un centro comercial volante porque, más importante que perpetuar la especie, más importante que transmitir unos principios regidores cuyos orígenes se remontan al albor de la civilización humana, más importante que todo eso es que los que pusieron la pasta para construir la nave recuperen su inversión y saquen beneficio.
En esto estoy pensando cuando veo que una paloma se ha colado en uno de los pasillos principales y se pasea por entre las mesas de un bar y, de nuevo, oigo los tambores de guerra que nos llama a la batalla. Banzaiiiiiiiiiiiiii!!!